lunes, 23 de mayo de 2011

"Pablito" de Alicia Villata

¿Qué opinás del cuento?  Escribí tu comentario en una hoja y el martes 7/6 lo compartimos.
Fabi.
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La Directora del Instituto General de Protección y Guarda del Menor hizo pasar al matrimonio Brehm. Descendientes directos de alemanes, cuya estirpe conservaban, eran altos y elegantes. De buena posición económica, tenían ambos más de treinta años y, luego de intentos infructuosos de engendrar el hijo propio, resignados, habían decidido recurrir a la adopción.
- Deseamos que sea rubio... por los rasgos de la familia, entiende?
La directora Frexas observo la piel pálida, los ojos claros, el cabello luminoso y entendió. Pero dudo.
- Voy a ver -expresó hojeando el voluminoso registro que almacenaba muchas caras morenitas y cabellos oscuritos.
- ¿Que edad prefieren?
- Bueno, si tuviese un par de añitos... ya crecidito -hablo el esposo por primera vez.
- Mejor un bebé -contradijo su mujer.
- Está  bien, no hay problemas por la edad -acordaron.
Se percibía el desgaste emocional y los largos años de pronósticos médicos desafortunados. La Directora Frexas continuaba pasando las hojas, luego las retrocedía y revisaba el archivo.
- ¿Prefieren varón o mujer?
- Varón -respondió el esposo.
- También puede ser una nena -contradijo su mujer.
- Está  bien, no hay problemas por el sexo -acordaron.
La ansiedad, prisionera del tiempo de espera, se volvía angustiante.
Los dedos regordetes de la funcionaria acariciaban las hojas desde su vértice inferior, con indecisión.
- AGUSTIN -aclaro ante una fotografía de 4 x 4 y de reducida calidad, que exhibía un pequeño rostro de ojillos rasgados y nariz breve - Tiene cuatro meses.
- Continúe por favor.
- MARIANELA -prosiguió ante una niña que posaba triste -, la semana que viene cumple un año.
- Siga, por favor.
- CLAUDIA, seis meses -aclaro frente a un nuevo perfil; pero de pronto observo sobre sus anteojos la mirada expresiva del matrimonio y descubrió la dimensión del amor que tenían presto para ofrecer.
Entonces decidió:
- Este es PABLITO -señalo la imagen de un niño hermoso, de ojos claros y cabello rubio.
- Es grandecito -dudaron al observar las facciones maduras.
- Cumplió cinco años en julio -reafirmo la Directora.
La madre adoptiva prefería un niño de menor edad para beber la experiencia maternal desde su inicio, pero ese rostro angelical contradijo a sus anhelos.
Su imaginación soñaba veloz con la fotografía familiar en un portarretratos de plata, sobre la mesa del recibidor. Y el niño parecía encajar perfectamente en el entorno de los Brehn.
- ¿Podemos verlo? -se apuraron.
Pablito estaba jugando en el arenero del parque, soleado y bullicioso a esa hora de la tarde. Su suave manito deslizaba en gordos puñados los granos de arena a un gracioso balde azul con rostro de sapo. Luego distribuía el contenido en sendos moldes plásticos con figuras de estrella de mar, cangrejo o pez. Entonces, uno a uno, los vaciaba en el paletón y acababa por integrar otra vez la granulosa mezcla.
- Hola, Pablito. -lo saludaron.
El niño les devolvió una luminosa sonrisa.
- Parece que estas necesitando una palita -observo el hombre, con voz susceptible.
Pablito levantó su mano derecha colmada hasta su mayor altura; allí la abrió con suavidad, entonces la arena se convirtió en una cortina vidriosa y granulada que se volvía tornasol en la caída.
- ¿Trajiste caramelos? -le preguntó  con inocencia.
Ellos se miraron ante la torpeza de tamaño olvido y se los prometieron para la siguiente vez.
La mujer, embriagada de ternura, lo beso repetidamente.No habían transcurrido más de unos minutos, cuando apareció la pregunta obvia, por lo que la Directora Frexas no se sorprendió.
- ¿Cómo es posible que este niño tan... tan especial aún  no haya encontrado unos padres?
La respuesta fue indirecta y apenas audible, porque la Directora bajó la voz al emitirla:
- HIV.
La comprometida crudeza de su significado fue inevitable.
Cuarenta minutos más tarde, Pablito se dejaba acariciar los cachetes por el viento tibio que giraba redondo junto a la calesita.
Cuando la voltereta lo dejaba frente a la puerta de ingreso del Instituto de Protección y Guarda del Menor, pudo ver cómo el matrimonio descendiente de alemanes atravesaba la verja. El hombre portaba una carpeta con documentos, la mujer llevaba en brazos a Agustín.
Pablito no se sorprendió. Ocurría cada día que una joven pareja, le prometía caramelos para una próxima vez y, momentos más tarde, se marchaba con uno de sus pequeños y provisorios compañeros de albergue.



Revista El Monitor de la Educación n° 17 - 5ta época Julio/Agosto 2008

Iom Hashoá

Con motivo de un nuevo aniversario, abordamos con los chicos diversos temas relativos al nazismo, como "La Noche de los cristales rotos". Además, conocimos el testimonio de una sobreviviente del Holocausto a través de un DVD.
Como cierre, concurrimos al Museo del Holocausto acompañados de algunos papás. Luego hicimos una reflexión conjunta en clase.



lunes, 16 de mayo de 2011

Espacio de Asambleas

 Compartamos un cuento...
LAS TRES REJAS



El joven discípulo de un filósofo sabio llega a su casa y le dice:
-Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia...
-¡Espera! -lo interrumpe el filósofo-. ¿Hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
-¿Las tres rejas? -preguntó su discípulo.
-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
-No. Lo oí comentar a unos vecinos.
-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
-No, en realidad no. Al contrario...
-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
-A decir verdad, no.
-Entonces... -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdad, ni bueno ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Pongámoslo en práctica!!!
Andy

miércoles, 11 de mayo de 2011

miércoles, 6 de abril de 2011

A resolver acertijos

1. Si digo cinco por ocho cuarenta, más dos, igual a cuarenta y cuatro. ¿Es verdad  o mentira?
2. ¿Cuánto valen siete sardinas y media, a peso y medio la sardina y media?
3. Un pan, otro pan, pan y medio y medio pan. ¿Cuántos panes son?
4. Pan y pan y medio, dos panes y medio; cinco medios panes, ¿Cuántos panes son?
5. Si un ladrillo pesa un kilo más medio ladrillo. ¿Cuánto pesa ladrillo y medio?
6. Tres medias moscas y mosca y media ¿Cuántas medias moscas son?
7. ¿Cuántas moscas volando son tres medias moscas más mosca y media?
8. Una señora le dice a su amiga: «...hace dos días mi hijo tenía seis años, pero el año que viene tendrá nueve». ¿Es posible?

El golpe y los chicos

Este relato de una talentosa escritora argentina logra acercarte de una manera muy clara a la época de la Dictadura Militar que se iniciò el 24 de marzo de 1976.

”El Golpe y los chicos“
De Graciela Montes

El golpe
        Algunas personas piensan que de las cosas malas y tristes es mejor olvidarse. Otras personas creemos que recordar es bueno; que hay cosas malas y tristes que no van a volver a suceder precisamente por eso, porque nos acordamos de ellas, porque no las echamos fuera de nuestra memoria. Es el caso de la historia que vamos a contar aquí, algo que pasó en nuestro país hace ya veinticinco años, cuando todos éramos más jóvenes y muchos de los que están leyendo estas páginas ni siquiera habían nacido.
        No es una historia fácil de contar justamente por eso, porque nosotros mismos fuimos protagonistas, porque lo que pasó nos pasó a nosotros y no a otras personas, porque son cosas que vimos con nuestros ojos, que vivimos en nuestro cuerpo.
        El 24 de marzo de 1976 hubo un golpe de Estado.      
Un golpe de Estado es eso: una trompada a la democracia. Un grupo de personas, que tienen el poder de las armas, ocupan por la fuerza el gobierno de un país. Toman presos a todos: al Presidente, a los diputados, a los senadores, a los gobernadores, a los representantes que el pueblo había elegido con su voto, y ocupan su lugar. Se convierten en dictadores. A los amigos los nombran intendentes, jueces, ministros, secretarios... así todo queda en familia. Se sienten poderosos y gobiernan sin rendirle cuenta a nadie.
        Aunque, por supuesto, como no les gusta que los vean como a ogros, siempre explican por qué dieron el golpe. Por lo general dicen que es para "poner orden" en un "país desordenado". Sólo que ponen las cosas donde a ellos les conviene. Como no creen en la democracia, tampoco creen en la opinión de las personas. Son tan soberbios que consideran que los únicos que saben lo que le hace falta al país son ellos y nadie más que ellos. Pero como en realidad no saben, y tampoco tienen costumbre de pensar ni de reflexionar demasiado, terminan haciendo estropicios y siempre pero siempre dejan al país un poco o mucho peor de cómo estaba.  
 En esos casos, las Fuerzas Armadas, que recibieron las armas para defender a los ciudadanos en caso de ataques extranjeros, las usan para golpear la democracia. Y ciertos grupos de civiles -los que no tienen ningún interés en los gobiernos democráticos- los incitan, los apoyan y los aplauden.     
  En la Argentina hubo varios golpes de Estado antes del que vamos a contar aquí. (...) No fueron todos iguales, ni se produjeron en iguales circunstancias, pero todos desconocieron la Constitución, todos fueron un mazazo a la democracia. Y los argentinos, atontados con tanto golpe, terminamos pensando que era más o menos normal que cada tanto llegaran unos tipos con tanques y ametralladoras y se instalaran en la Casa Rosada.
        Pero ninguno de esos golpes puede compararse con el que recordamos hoy, (...) Lo de 1976 y lo que sucedió después fue lo peor que nos haya pasado jamás en toda nuestra historia. (...)
        Esta vez las Fuerzas Armadas en su conjunto se habían puesto de acuerdo para cortar de un hachazo el sistema constitucional. El "Órgano Supremo" que se hizo cargo del gobierno -a los golpistas les encantan las palabras altisonantes- era una Junta: estaba integrada por un general -Jorge Rafael Videla-, un almirante -Eduardo Emilio Massera y un brigadier -Orlando Ramón Agosti-. Los tres de perfecto acuerdo, los tres detrás de un único objetivo -o al menos era eso lo que decían en los discursos-: derrotar a la subversión, aniquilar la guerrilla.



A río revuelto
Ese asunto de la subversión fue lo que usaron siempre para justificar lo que siguió, todos los horrores a los que vamos a tener que referirnos. Era un buen argumento en esa época porque el último año y medio había sido caótico y violento y la gente andaba bastante desorientada. Los precios habían estado subiendo día a día. Los diarios traían todos los días noticias de enfrentamientos feroces entre distintos grupos, de huelgas, de asesinatos. Isabel Perón -vicepresidente y heredera de la presidencia después de la muerte de su esposo, Juan Domingo Perón- no conseguía tomar las riendas de ese país tan convulsionado, y, más que gobierno, los argentinos sentían que había un desgobierno. Eran días en los que todo parecía estar fuera de control. Eso hizo que una gran parte de la población, los que confían siempre en que las "manos duras" arreglen las cosas, le diera la bienvenida al golpe. Fueron muy pocos los que levantaron la voz de protesta. (...)
          Tolerar al que piensa diferente, al que tiene otro modo de vivir o de ver las cosas, siempre es difícil.  (...) Pero las sociedades son grupos muy complejos, donde conviven muchas ideas, muchas costumbres y muchas tendencias. Algunos argentinos esperan ciertas cosas de la vida, y otros, otras. Algunos creen que las cosas se arreglarían de este modo, y otros, de este otro. Lo que a algunos beneficia a otros, a veces, los perjudica. Vivir en democracia significa vivir con el otro -a veces con el adversario, con el que está parado en otro lado y tolerarlo. Pelear, discutir, enfrentarse, pero tolerarlo.
        Claro que, para discutir y tolerar, es necesaria cierta calma, determinado estado de ánimo, y ésas eran épocas muy agitadas, donde pocos parecían dispuestos a detenerse a pensar o a negociar soluciones. Todas las peleas eran peleas a muerte. La guerrilla (...) Eran grupos armados clandestinos -secretos- que aspiraban a tomar el poder. Estaban integrados por hombres y mujeres jóvenes por lo general -a veces adolescentes- (...) que se sentían indignados por las injusticias de la sociedad y creían en la posibilidad de dar vuelta las cosas.
          No eran los únicos. Por esos años había un gran deseo de cambio en todo el mundo. (...)   Muchos hombres y mujeres habían tomado conciencia de vivir en un mundo injusto y lo cuestionaban todo: la distribución de la riqueza, el que hubiera ricos muy ricos y pobres muy pobres, el hecho de que algunos países dominaran a otros y los manejaran a su antojo, y, en general, el autoritarismo de los que manejaban el poder, lo que se llamaba  el sistema, el modo en que estaban ordenadas -por la fuerza todas las cosas. Había grupos, grandes grupos, que opinaban que había llegado el momento de cambiar. Y que trabajaban para que ese cambio por fin se produjera.
          Pero el sistema, por supuesto, resistía. Y algunos se convencieron de que el único modo de cambiar las cosas que funcionaban mal era mediante la fuerza; se hicieron guerrilleros, empuñaron armas. Los guerrilleros ansiaban la revolución y no creían en los políticos. Decían que sólo con la "violencia de abajo" se podía derrotar la violencia de arriba", la del sistema. (...)Las organizaciones guerrilleras no duraron mucho, apenas unos diez años.  (...) Para comienzos de 1976, la época del golpe, los guerrilleros ya estaban muy debilitados. (...) Y, sin embargo, los golpistas nunca se sacaron la palabra "guerrilla" de la boca, hicieron lo que hicieron hablando siempre de guerra y de guerrilla, como si, del otro lado, hubiese habido un ejército poderoso y equivalente. Pero en realidad no era así.  (...) Los golpistas llamaron "guerrillero" y "subversivo" a todo el que no les pareciese dispuesto a plegarse a ese plan oficial y terrible (...) Para aniquilar a los enemigos y "poner en caja" a toda la sociedad los golpistas tenían un estilo, el del cuartel, y un método, el del terror.          Como militares que eran lo militarizaron todo e hicieron que los civiles nos sintiéramos soldados. El país entero se convirtió en un gran cuartel, y en los cuarteles, ya se sabe, hay mucho grito y poca oreja: órdenes, consignas, y la sociedad, calladita, obediente, y sin poder hacerse oír. Más que gobernar mandaban, decretaban, vigilaban, censuraban, acallaban, recortaban, uniformaban todo.

En el pozo del terror
          El terrorismo siempre es atroz, paraliza, destruye la vida y las esperanzas de las personas; estalla una bomba en un supermercado, vuela por el aire un edificio, matan al hijo de cierto personaje... Los terroristas son el peor modelo de intolerante y de faccioso. Pero lo habitual es que los terroristas lancen sus ataques contra el poder. En este caso fue al revés: desde el  poder, desde el gobierno, se organizó cuidadosamente un plan para dominar por el terror, para paralizar de miedo a la población y obligarla a marcar el paso.
          El maldito plan consistió en secuestrar, torturar y asesinar en forma clandestina a más de 30.000 personas. 30.000 argentinos y extranjeros entre los que había médicos, estudiantes, gremialistas, monjas, sacerdotes, obispos, escritores, políticos, jueces, agricultores, obreros, maestros, conscriptos, científicos, artistas, periodistas, bebés, niños y guerrilleros.         
Todo se hacía en forma secreta, por lo general durante la noche y de manera muy violenta. Los Grupos de Tareas, como se llamaba a los que se ocupaban del "trabajo sucio", entraban por la fuerza en las casas y se llevaban -"chupaban", decían ellos- a uno, a varios o a todos los miembros de la familia. Y, de paso, robaban lo que podían, un televisor, ropa, cuadros, dinero... Iban armados hasta los dientes, aunque sólo fuese para desbaratar una familia que estaba mirando la televisión. Para asustar, solían anunciarse antes con un gran corte de luz o con una explosión o arrancando una puerta de cuajo. Golpeaban a los secuestrados, los maniataban y les vendaban los ojos antes de llevárselos (ellos, con esa jerga "de oficio" que tenían, decían que los "tabicaban"). A veces los vecinos los oían entrar y hasta habrá habido muchos que, por la mirilla de la puerta o por entre las tablitas de las persianas, hayan visto meter a los secuestrados a los empujones adentro de un auto -los favoritos eran en esos tiempos los Falcon verdes-, pero por regla general esos vecinos no contaron nada; el terror cumplía con su función y ellos estaban aterrados.       
Los secuestrados eran trasladados luego a los centros de tortura, que también eran secretos. Funcionaban en el sector más apartado de un cuartel, en una fábrica abandonada, en el sótano de una comisaría, en los fondos de un hospital, en un viejo casco de estancia, en un chalet apartado... Hasta allí los llevaban y ahí quedaban hundidos. A partir de ese momento esos secuestrados pasaban a ser "desaparecidos". Nadie daba cuenta de ellos, nadie sabía adónde estaban. La familia o los amigos comenzaban a buscarlos desesperadamente. Y, si daban con algún juez no demasiado aterrorizado y dispuesto a hacer justicia -un juez valiente-, presentaban un  habeas corpus,  que es como se llama la reclamación legal por alguien que se supone detenido y no aparece. Pero nunca conseguían averiguar nada. Recurrían a la Iglesia, a los obispos; trataban de que los recibieran las personas más influyentes de la sociedad... Pero nada. Como si se los hubiese tragado la tierra. La policía decía que no sabía nada. Las Fuerzas Armadas decían que no sabían nada. Los desdichados habían caído en el pozo del terror, se los había devorado el gobierno del Proceso.        
 Hoy todos sabemos lo que sucedía en esos lugares y hasta se ha logrado identificar muy bien dónde estaban ubicados y cómo estaban organizados. La CONADEP, una comisión de notables que se reunió en cuanto el país regresó a la democracia, se ocupó de recoger los testimonios en torno a los desaparecidos y de reunirlos en un libro que todos tendríamos que leer, el Nunca más.
          Los propios secuestradores hablaban en clave de esos lugares de horror y les ponían terribles nombres de fantasía: El Vesubio, El Olimpo, La Cacha, La Perla, El Atlético, La Escuelita, el Sheraton... En algunos casos, estaban ubicados en medio de la ciudad, y los vecinos de los alrededores podían oír los gritos desgarradores de los torturados, los sollozos y los tiros -y también la música estridente con la que trataban de taparlo todo-, y a veces veían sacar féretros o grandes bolsas de polietileno con restos mutilados.
          Algunos secuestrados que fueron luego liberados o que lograron escapar pudieron contar los horrores que allí se vivían. Allí era donde se los torturaba para que diesen los nombres de otros disidentes que, a su vez, serían "chupados" y torturados. Se los colocaba sobre una mesa o “parrilla" y se los golpeaba, se los picaneaba, se los mutilaba, a la vez que se les hacían preguntas que para muchos eran incomprensibles. Nunca estaba claro qué querían de ellos. Primero torturaban y después pensaban; o tal vez ni siquiera hayan llegado a pensar nunca. A un grupo de adolescentes de la ciudad de La Plata los secuestraron en una triste noche que se recuerda como La noche de los lápices,  los torturaron y los asesinaron simplemente porque habían tomado parte en una campaña en favor del boleto estudiantil. Muchos murieron nada más que porque sus datos estaban en alguna agenda que a ellos les parecía comprometedora.
          La mayor parte de los que soportaron esos tormentos murieron o fueron asesinados. Pero no “aparecieron" jamás. A veces se los guardaba ahí adentro durante un tiempo y después se los fusilaba y se los enterraba secretamente, para que nunca más fuesen encontrados o se los arrojaba desde aviones o helicópteros al río, porque los torturadores estaban ansiosos por deshacerse de esos cuerpos que los molestaban demasiado. Todavía  siguen  apareciendo  huesos,  restos  de desaparecidos enterrados como N.N., como desconocidos.        
 Algunas mujeres que habían sido secuestradas cuando estaban embarazadas tenían sus hijos en esos centros de detención. A veces las llevaban a parir en secreto en un hospital, pero otras veces parían en un pasillo, o en la mesa de torturas, entre las risas y burlas de sus secuestradores, y luego se las obligaba a limpiar el lugar de rodillas. Por lo general no volvían a ver a sus hijos: los torturadores se los robaban, se quedaban con ellos.
          Es difícil entender lo que puede pasar por la cabeza de un torturador, de alguien que hace sufrir a otro cuando el otro no puede defenderse, que lo golpea, lo mutila, le aplica descargas eléctricas, lo asfixia, lo viola, le arranca al hijo sin compadecerse, sin que le dé pena y vergüenza el sufrimiento de esa persona que tiene adelante. También es difícil entender cómo pudo haber habido médicos que se hayan ocupado de vigilar "el punto justo", para que los torturados no se muriesen en las mesas de tortura antes de haber entregado la "información" deseada, cómo hubo enfermeras y sacerdotes dispuestos a colaborar con ellos.
Pero lo cierto es que hubo muchos argentinos que hicieron ese trabajo. Tal vez consideraban que esas víctimas eran enemigos y que, por lo tanto, no merecían piedad ni justicia. O tal vez, por atroz que nos parezca a nosotros, lo consideraban sencillamente un deber de subordinados, una tarea, y hasta un modo de ganarse la vida. Porque lo cierto es que obedecían órdenes muy precisas, no eran locos que se ponían a torturar por su cuenta; torturaban porque los habían mandado torturar y porque eran demasiado cobardes para negarse a cometer un crimen. Había horarios de trabajo, formularios, expedientes, jefes, sueldos, burocracia.
Fragmentos del libro “El golpe y los chicos”  de Graciela Montes, Editorial   Gramón-Colihue        
Fabi Ludman

El choclo

Espero que sigas disfrutando de este tanguito al igual que lo hacía Emilio.

Éste te va a arrancar una sonrisa


Este otro lo interpreta una famosa artista argentina: Tita Merello


Animate y ... cepillá el piso.

Fabi Ludman