¡ Cómo estamos disfrutando de esta atrapante historia!
Primero fue la crueldad en las vidas de Lorenzo e Isela y ahora ... César. ¡Qué intriga su pasado! ¿Qué nuevas pistas descubriremos en este primer y segundo capítulo? ¿Y la soga? ¿Qué podrá contarnos esta vieja soga que ya va por los 700 años?
Aluminé, Neuquén, Argentina, 1992
1
César miraba por la ventana cómo la nieve iba cayendo, de a poco, sobre los autos que descansaban en la calle y sobre la calle misma. A lo lejos, apenas se adivinaban las moles ligeramente aterradoras de la cordillera, y sintió el suave estremecimiento que lo golpeaba siempre que se animaba a llevar sus ojos más
allá del pueblo. Aunque hacía casi nueve años que transitaba aquel paisaje de montañas, silencio y soledad, no terminaba de acostumbrarse a las sombras que lo rodeaban. “Claustrofobia del aire libre”, pensó con una sonrisa.
Con casi catorce años, César se permitía juegos de ingenio que no eran habituales en los chicos de su edad. Los granos estaban allí, las escapadas a las tareas que le imponía su padre también; pero tal vez la ausencia de madre le había hecho nacer una especie de apuro de la inteligencia que no necesitaban los demás chicos del pueblo. El pelo castaño con reflejos rubios cayéndole desordenado sobre la frente funcionó como recordatorio, porque lo volvió al universo de lo cotidiano. Si tenía que pasarse la palma de la mano para despejar la cara, sería también que su padre estaba por volver. Carmelita ya tendría preparado el café con leche. El olor a tostadas subía al primer piso, en donde la nariz de César lo esperaba con placer.
El doctor Nardioni estacionó su camioneta frente a la casa y miró para arriba adivinando la figura de su hijo detrás de los vidrios dobles, puestos para que el frío del invierno fuera algo más amable cuando cerraran la puerta. Las botas del hombre se hundieron en la nieve, pero no dejó de sonreír mientras miraba hacia el piso superior y se esforzaba por alcanzar la entrada. César escuchó la llave girar en la puerta y supo que debía bajar. Pocas cosas le exigía ese hombre de pelo escaso y hombros ya algo vencidos dentro del perpetuo delantal blanco; su presencia por la tarde, cuando llegaba a la casa, era una de ellas. Y no le costaba al chico cumplir con ese ritual. Su historia de soledad había forjado una cercanía que los dos apreciaban. Así es que el doctor encontró, como siempre, como todos los días, la sonrisa de su hijo cuando se sacó el delantal y lo colgó en el perchero.
--Hola, pa.
--Hola, hijo— respondió el hombre. Un brazo adulto rodeó unos hombros adolescentes, un brazo adolescente atravesó una cintura algo abultada; y así, entrelazados, entraron al comedor donde Carmelita ya había dispuesto la merienda de siempre: dos cafés con leche, tostadas de pan francés, mermelada de moras y manteca.
--Buenas tardes, Carmelita.
--Buenas tardes, don Atilio— respondió la muchacha.
Hubo una tarde, hacía ya un par de años, una escena idéntica, en la que César se había animado a contarle a su padre una idea que le había estado dando vueltas; tenía que ver con su profesión, con los amigos poderosos que sabía tenía en la Capital, y con los habitantes de algunas comunidades mapuches que se acercaban a veces hasta el hospital.
--Viejo —le dijo— vos me contaste varias veces que a cada rato aparecen enfermos que bajan de la montaña, que no tienen un peso, y que el hospital no tiene remedios para ellos, ¿no?
--Sí, es así. Nunca sé qué hacer con ellos.
--¿Y si hablas a Buenos Aires y le pedís a tus amigos que manden remedios? Seguro que si les explicas para qué los necesitas, no te los van a negar.
El hombre sonrió con algo de tristeza, pero no descartó la idea; aunque imaginaba otros motivos para darle curso a un pedido semejante entre sus contactos capitalinos.
--No creo que me manden nada de puro buenos. Pero es cierto que si dan a conocer su obra, les puede servir de “publicidad”. No es mala idea la tuya.
No, no era mala idea; y fuera por lo que fuese, funcionó. Ahora, dos años más tarde, las cajas llegaban puntualmente a Aluminé. El doctor había dispuesto que para el uso de los medicamentos tuvieran prioridad los que llegaban desde los alrededores y el sobrante se destinara a los habitantes del pueblo; y todos habían aceptado la decisión.
Dos años más tarde, el hijo no tenía ideas que aportar; solo la pasaba bien con su padre. Afuera había dejado de nevar. Sin embargo, el frío seguía allí, como un derecho del aire.
La nieve era inseparable del pueblo en invierno, pero César se había entendido con ella desde el principio.
No era que jugara especialmente con su consistencia de algodón húmedo o que elaborara muñecos de inspiración cinematográfica, ni nada parecido; simplemente la transitaba como si hubiera sido su elemento desde siempre. Esa mañana, mientras iba para el hospital, pensaba en Celina. Es extraño, pero a veces, sin saber cómo, las ganas se transforman en una figura; así, de pronto, se sobresaltó.
--Vas pensativo— dijo la chica.
--¿Qué? ¡Eh! Ah... Hola, Celi —respondió César—. Trataba de recordar si había puesto en la caja todo lo que me pidió mi papá que le llevara.
El doctor guardaba en su casa muchas de las drogas que conseguía gracias a sus influencias, y no era extraño que en algún momento del día le pidiera a su hijo que le acercara el remedio que necesitaba un enfermo. En los últimos meses, había aumentado el número de pacientes provenientes de las comunidades cercanas, y don Atilio casi no guardana medicinas para los habitantes del pueblo. Aluminé apreciaba esa rigidez de su hombre más respetado. Celina, como todos, conocía el papel que cumplía el hijo del médico en esa precaria cadena de salud. Quiso tranquilizar a su amigo.
--¿Alguna vez te olvidaste de algo?
--No, creo que no.
--Entonces, hoy tampoco. Dale, te acompaño. Y si tenés que volver, también. César agradeció desde el silencio. Le gustaba hablar con Celina. Le gustaba caminar junto a Celina. Bah, le gustaba Celina. No era difícil la palabra con ella. Sobre todo porque la muchacha no le tenía miedo a su curiosidad y la vestía de preguntas.
-- Nunca me hablaste de tu mamá.
César miró a su amiga sabiendo que nada sacaría con eludir la frase descaradamente interrogativa, que luego, en algún otro encuentro, volvería como esas moscas veraniegas que esquivan nuestros manotazos en la oscuridad del insomnio. Las calles de tierra hasta el hospital eran una buena base para confesiones; y si las cosas empezaban por el pasado, irían acercándose al presente, territorio del tiempo al que César deseaba llegar lo antes posible. Pero ahora era momento de hablar de su ignorada madre.
--No sé mucho, la verdad. Porque mi papá nunca me habló demasiado de ella. Sé que poco después que yo nací, lo dejó y desde entonces el viejo no volvió a estar con ninguna mujer. Una vez escuché una conversación telefónica en la que parecía hablar sobre ella, parecía como si lo hubiera dejado por otro; pero no se lo quise preguntar porque creo que es un tema que todavía le duele. Ni una foto de ella tengo. Sé que se llamaba Alcira, porque para algunos trámites tuve que dar su nombre, pero nada más.
--¿Y no te da bronca que te haya abandonado tan chiquito? volvió Celina a querer saber.
--Algo. A veces. Es decir, no sé cómo es tener una mamá, salvo por las de mis amigos; pero como nunca la tuve, no sé... es como si me faltara algo que no sé qué es. Si uno es ciego de nacimiento, no entiende qué significa la vista. No sabe cómo es eso que no tiene. Bueno, a mí me pasa algo parecido. Y mi viejo hizo de todo por mí. No sé... nunca me faltó nada.
--Fue un buen papá —dijo ella como señalando una verdad indiscutible.
--Sí —confirmó él—. Fue un buen papá.
--Y tus viejos, ¿cómo son? —quiso saber él—.
--Tampoco me contaste mucho sobre ellos.
--Buenos, yo qué sé. Creo que son demasiado jóvenes. A veces me parece que soy más la hermana que la hija
de mi vieja. Nunca me pregunta sobre lo que me pasa. Tiene su parte linda, porque hago lo que quiero y voy adonde se me ocurre. Con que de vez en cuando les cuente que estoy viva, está bien. Es suficiente.
--No, mi viejo es otra cosa.
--Sí, ya me di cuenta.
El hospital, el edificio más grande del pueblo, los recibió en silencio. Atravesaron las amplias puertas de entrada. ¿Mi papá? En su oficina, creo. Se saluda, ¿no? Bueh, perdona, vengo distraído, Carlos. Sí, ya me imagino por qué. Hola, Carlos, y deja de decir pavadas. Hola, César, el jefe debe de estar donde siempre o recorriendo las salas, o en su oficina. ¿Vas solo? Sí, traigo los remedios. Ah, qué bueno, los estaba esperando.
El pueblo lo había albergado casi desde siempre, y César conocía sus códigos. Los dos chicos recorrieron los pasillos, entregaron la caja al hombre que tan poco hablaba con su hijo acerca de una mujer distante que los había abandonado hacía años, y volvieron a salir a la nieve. ¿Era el tiempo de hablar del presente? No, todavía no, se dijo el muchacho.
El primer mensaje apareció en forma de graffiti, sobre una de las paredes del hospital. Nadie le prestó la menor atención. Pasaba a veces que un amante rechazado o uno de los pocos borrachos que caminaban por el pueblo inscribía su furia o su desconcierto en los muros. Alguien había escrito con letra tosca y algún aerosol negro; podía leerse: ¿QUE HICISTE EN LA GUERRA, DOC?, como remedando vagamente al conejo Bugs.
2
Los días pasaron, y los días forman meses. Celina siguió descubriendo que ese chico hijo de médico, que simplemente le gustaba como desde siempre les han gustado los muchachos a las chicas, tenía algo más que le nacía desde el fondo de los ojos, algo que ella identificaba vagamente como una tristeza o una duda. No lo sabía, pero en todo caso, eso lo hacía infinitamente más atractivo.
Los días forman meses, pero también forman sucesos. Así ocurrió una noche en que el frío era casi doloroso y la sola idea de pisar el aire libre sonaba al menos a imprudencia. Con ese clima, llegó Venancio, arriero de la comunidad Cátala, cercana al pueblo, a anunciar el parto de su mujer, Ayelén. El hombre no sabía del cuerpo femenino más que lo que su instinto de varón necesitaba, pero algo le gritaba en su corazón que el bebé no estaba acomodado correctamente. La pieza de César daba a la calle. Los gritos de Venancio hicieron que el chico abriera la ventana. Un insulto de viento helado le escupió la cara. Celina, que se había quedado a dormir en el comedor, llegó junto al muchacho.
---¡Ya viene el bebé! -gritó el hombre bajo su poncho gastado—.
--¡Y creo que no viene bien! ¡Vengo desde la comunidad por el doctor!
--¡Espera! ¡Ya lo llamo!
César salió corriendo hacia la habitación de su padre, que dormía bajo tres frazadas.
--¡Pa, hay un hombre de la comunidad, afuera! ¡Parece que su mujer va a parir y que hay problemas!
El doctor estaba todavía encerrado en los vaivenes de su sueño cálido y no quería salir de él.
--Sí, debe de ser Venancio. No puede pasar nada serio. Ayer vi a la mujer y todavía falta como un mes.
Decile que la lleve mañana al hospital.
Pero César entendió que la cara del hombre que esperaba en la calle escondía algo más que un temor a lo ignorado y no estaba dispuesto a dejar tranquilo a su padre. Con un manotazo que llevaba migas de furia lo dejó sin cobijas.
¡Doctor Nardioni, afuera lo necesitan! —casi le gritó.
El médico aceptó resignado que su hijo no estaba dispuesto a transmitir el mensaje sugerido y que su esperada noche de abrigo acababa de terminar en esas pupilas adolescentes llenas de exigencia. Bajó las piernas de la cama y le pidió a su joven juez que hiciera entrar al hombre, mientras él se cambiaba. Carmelita se había levantado por el alboroto.
--¡Carmelita, prepará unas sábanas limpias y ponelas al lado de mi maletín! —gritó el médico, que ya había recuperado su capacidad de pensar. Mientras tanto, César también se había cambiado y había hecho entrar a Venancio. Celina había decidido quedarse y seguía en ropa de cama. El doctor apareció poniéndose la campera de alta montaña. Llevaba su instrumental y las sábanas.
Vamos —dijo simplemente.
Salieron bajo la noche. Subieron a la camioneta y condujeron hacia la salida del pueblo por la ruta que acerca al lago, en dirección a las desperdigadas casas de la comunidad. En una de ellas había luz, pero el grosor de la nieve había alcanzado ya casi un metro, y ni siquiera el poderoso motor de la 4 por 4 podía contra esa llanura helada. Tuvieron que dejar la camioneta en la ruta y enterrarse hasta la cintura para recorrer el kilómetro que los separaba de la vivienda. Veinte minutos les llevó la caminata. El escenario era deslumbrante. El blanco de la nieve se recortaba contra la mole oscura de la cordillera, que le daba un cierto matiz atemorizante a la noche. La casa era una simple estructura de cuatro paredes y techo de madera, que albergaban una única habitación con piso de barro apisonado. En el fondo, del lado derecho de la cabaña, un colchón y varias mantas cobijaban a la inminente madre. Una sola mirada le bastó a Nardioni para su diagnóstico. El bebé no se había acomodado y había que sacarlo con cesárea. “César ayudará en la cesárea”, se dijo para sí, como si exorcizara sus temores ante la precariedad del lugar que serviría de quirófano. Sintió una mano que le apretaba el brazo. Era el protagonista de su pensamiento.
--Va a estar todo bien —le dijo el chico—. Vos podes, pa.
Al hombre lo conmovió la confianza ilimitada de su hijo. Pidió que pusieran agua a calentar para limpiar tanto la herida que le quedaría a la muchacha como al bebé. Le dijo a Venancio que se pusiera en la cabecera junto a su esposa, y empezó el trabajo.
Una hora más tarde, aún cuando era evidente que el nuevo varón que tenía Aluminé estaba perfectamente bien, Nardioni tomó al bebé de los tobillos y lo palmeó para que llorara. “Todos nos merecíamos escuchar ese llanto en el silencio. Como en las películas del Oeste de cuando yo era chico; y el médico borracho lograba que en algún momento ese sonido estallara en la pantalla y aparecía una mujer con un recién nacido en brazos”, diría luego, camino a una hora de sueño antes de ir al hospital.
No se sabe cómo corren las noticias en los lugares chicos, pero corren. Cuando Nardioni llegó al hospital,
un poco después de su hora de entrada habitual, fue recibido con un aplauso cerrado que le había preparado todo el personal. Y hasta algunos pacientes se plegaron.
El segundo graffiti apareció en la madrugada del día siguiente. Con la misma letra del primero y el mismo aerosol negro; era más oscuro que el anterior. ¿ANTES FUE IGUAL. DOC?, decía el extraño mensaje que algunos se detuvieron a leer.
--¿Por qué hay días que tenés la mirada como perdida? —le preguntó Celina a César—, como si salieras de un sueño.
---Porque debe de ser así. Hay noches que sueño con mi mamá y no duermo bien esas noches.
--¿Y qué soñás?
--No sé muy bien. Es muy borroso. Hay una mujer acostada y yo sé que es mi mamá, pero no le veo la cara. Hasta que me acerco y me doy cuenta por qué no se la puedo ver: no tiene cara.
--¿Y cómo sabes que es tu mamá?
--No sé. Pero sé que es ella. No se mueve ni dice nada en todo el sueño. Solamente se queda acostada. Hasta que me asusto y salgo corriendo.
--¿Se lo contaste a tu viejo?
--No, ¿para qué? Lo preocuparía.
--Pero en una de esas podría llevarte con alguien del hospital que te ayude. Un psicólogo, un psiquiatra, yo qué sé.
--¿Te parece que estoy loco?
--Y, un poquito -le contestó la muchacha pasándole con suavidad el dorso de su mano sobre la mejilla.
Casi sin darse cuenta, César había dejado entrar a Celina a todas las habitaciones de su alma. No se habían dicho nada sobre noviazgos o amores o historias compartidas. Pero un día él la besó brevemente y ella no dijo no; y después él la besó con hambre y ella le dio de comer, y a partir de entonces fueron esto que era ahora. Dos que estaban aprendiendo a caminar juntos. Y el aprendizaje se parecía cada vez más a un noviazgo y a un amor y a una historia compartida. Dentro de ese recipiente que estaban construyendo había caído el sueño de César. Ella le tomó la cabeza y se la atrajo hacia su hombro cuidador. El le olisqueó el aroma del nacimiento de su cuello y se dejó guiar, porque le pareció un camino lleno de promesas. Le gustaban las promesas.
Cuando el hijo de Venancio cumplió un año, se lo festejaron en el hospital. César y Celina fueron a la fiesta como lo que eran: casi una entidad inseparable. Hacía seis meses que no aparecía ningún escrito en las paredes del hospital. El anónimo dueño del aerosol se había dado descanso. Pero la noche del cumpleaños, cuando se iban, los invitados pudieron leer, un nuevo mensaje sobre el cemento: ¿CUÁNDO SE MUERE EL PASADO, DOC?
¿Cómo era Celina? Para ser exactos, habría que decir que Celina no era de una sola manera. O al menos no se sentía de una sola manera. Se veía de una forma cuando estaba con César, y de otra cuando él no estaba a su lado. Sus padres la habían dotado de una independencia que lindaba con el desamparo, y ella había volcado todo su mundo al universo de ese muchacho tan lleno de inseguridades. Estaba terminando 1994; los diecisiete años le habían delineado un cuerpo que parecía lleno de apuros, urgido de concreciones. El pelo casi negro, casi castaño oscuro, 30 le invadía con descuido la cara, extrañamente libre de granos. Le molestaba sujetárselo y le molestaba arreglárselo. El resultado era un desorden que irritaba a su madre y a César lo inundaba de ternura. Nunca le había importado demasiado su aspecto, pero desde que César se había instalado en sus días, algo se había roto dentro de ella y empezó de pronto a descubrir la importancia de los espejos. Y en la urgencia de su cuerpo había empezado a latir otra exigencia más exacta, más parecida a un chorro de sangre saltando de golpe de una herida. Celina era bastante clara con las cosas que le pasaban y entendió que de varias maneras sus dos exigencias estaban relacionadas. Y entonces resolvió darles forma, hacerlas visibles. Su decisión se afirmó una mañana de noviembre, cuando hizo sonar el timbre de la casa de César.
--Celi, qué sorpresa —alcanzó a decir César antes de que ella entrara a la casa sin decir palabra, cerrara la puerta detrás de su cuerpo decidido, convertido en promesa, y rodeara al muchacho con sus brazos, con su cintura, con sus piernas, con su boca.
¿Y de dónde le vendrían tantos saberes, de dónde le saldrían esas manos inteligentes, esos labios conocedores de secretos de él hasta por él ignorados, de dónde ese tacto fecundo? César se dejó hacer. Literalmente, era otro al caer la tarde. Otra era ella, pero más por obra propia. El sentía que lo habían trabajado como a una escultura, a la que Ijabía que hacerle muchas reparaciones para dejarla a gusto completo del artista. Se preguntaba cómo había podido vivir diecisiete años tan poblado de ineficacias, tari sin terminar. Las primeras sombras de la tarde los encontraron uno al lado del otro, mirando el techo.
---¿Sabías que mi papá y Carmelita fueron a Neuquén? -pregunto el
---Sí —respondió ella.
A la mañana del día siguiente volvió a aparecer una pared pintada, ya no del hospital. La inscripción era bastante más larga que las anteriores, escrita en la letra más pequeña que permitía el aerosol.
HABÍA UNA VEZ UNA MUCHACHA QUE TEMÍA SUEÑOS. Y UNA VIDA ADENTRO. ELLA ESPERABA QUE SUS SUEÑOS Y SU VIDA DE ADENTRO FUERAN UNA SOLA COSA. QUERÍA CONSTRUIRLOS A LOS DOS. SU NOMBRE NO IMPORTA. ERA UNA MUCHACHA QUE SOÑABA, decía en la pared.
Por esos días, el doctor Nardioni compró varios litros de pintura blanca, porque, según anunció en la pinturería de Aluminé, pensaba hacer varios retoques en su casa. Una semana más tarde, aparecieron blanqueadas las paredes con graffitis. Y a la mañana siguiente, donde había sido escrita la primera frase, casi a la entrada del hospital, podía leerse: NO SE TAPA LA HISTORIA, DOC, NO SEA TONTO. Pero a esa pared también la blanquearon. Y escribieron abajo, chiquito, con un marcador: ¿VISTE QUE SÍ SE TAPA, HIJO DE PUTA?. ¿VISTE QUE SÍ?
Esa noche, en la cena, César le comentó a su padre Z5z3i sobre la extraña guerra de las paredes que se estaba desarrollando en el pueblo.
--Estúpidos que no tienen nada que hacer.
--¿Tenes idea de quién es el doctor al que le hablan? Vos los conoces a todos.
--¿Y de dónde sacas que le hablan a un doctor?
--Ay, pa. Si todas las frases dicen “doc”, ¿a quién le van a hablar?
--Yo qué sé, puede ser a un abogado.
--Sí, por los muchos abogados que hay en Aluminé... Y además, casi siempre aparecen en las paredes del hospital. A mis compañeros también les parece evidente que le hablan a un médico.
--Parece que les interesa esa pavada.
--Bueno, pa, no pasan demasiadas cosas por aquí. Un tipo escribe cosas en las paredes del pueblo, y otro va detrás y las tapa.
--No vas a decir que no es raro.
--Sí, tenés razón, es raro.
Sonó el timbre. César fue a abrir sabiendo que a esa hora sólo podía ser su sueño más soleado. Era.
--Hola, Celi -dijo, con cierto pudor.
--Hola, amor saludó ella-. Hola, don Atilio —dijo entrando al comedor.
--Sentate -le pidió César-. Estábamos hablando de los graffitis.
--Ah, sí. Gracioso que alguien se tome el trabajo de taparlos enseguida. Parece que no le gusta lo que dicen.
Bueno, hablando de otra cosa, quedó muy lindo el frente pintado, don Atilio.
--Sí, ya iba siendo hora de darle una lavada de cara, ¿no? Ah, César, me olvidé de avisarte. Pasado mañana me voy a Buenos Aires a hacer unos trámites. Voy a quedarme varios días.
Bueno, viejo.
--Chicos, me voy a dormir. No se acuesten tarde, que mañana no saben de qué les hablan.
Dos días más tarde, cuando el doctor empezó su viaje hacia Buenos Aires, dos manos acariciaron una soga corroída por el tiempo y le hablaron como si pudiera escuchar: “Ya falta poco, amiga. Ya está a mi alcance. Ya está cerca la paz. Ya está cerca el descanso. Bien, veamos, ¿qué va a decir el próximo mensaje?”.
--Te digo que alguien lo sabe, Guntini. No sé cómo mierda se enteró, pero lo sabe.
--No puede ser, Nardioni. En tu caso no quedó un solo cabo suelto. Si la pendeja no tenía familiares. Ni tíos, tenía; ni primos... nada. Y del padre del pibe ni ella había tenido más noticias. ¿No te acordás de que nos aseguramos bien eso, que vos me dijiste que todo el asunto iba a estallar en algún momento y que era una boludez hacer las cosas como las estaban haciendo todos? Está el nacimiento registrado, está tu matrimonio registrado, con todos los papeles en orden. Lo sabemos vos y yo, y lo sabía Polemo, que murió hace diez años. No, nadie puede estar enterado.
---Aja, ¿y me decís qué carajo quieren decir esas pintadas sobre la historia y sobre el pasado, y sobre la muchacha que tenía sueños y una vida adentro, todas dirigidas a un doc? ¿O pensás que hay otro doctor en Aluminé que hizo lo mismo que yo?
--¿Y no será un abogado?
--Déjate de decir boludeces, Guntini. Esa misma estupidez le dije a mi hijo y ni él se la tragó. No, alguna filtración hubo.
--Pero ya lo hubieran dado a publicidad. Estos tipos no actúan así. No escriben pintadas en las paredes que nadie entiende.
--No. No son ellos. No quieren publicidad. Es alguien que quiere guita.
--¿No me dijiste que la primera pintada fue hace dos años? Un chantajista no va a esperar tanto tiempo para cobrar.
--Sí, en eso tenés razón. No sé, la verdad es que no sé qué pensar.
-- Lo que tenés que hacer es quedarte tranquilo, porque si no, César va a empezar a sospechar.
--Es que me vuelven loco. Si mi pibe llega a saber algo, me muero.
--No pienses esas cosas. Si supieran algo, ya habría saltado todo.
El doctor Nardioni miró a su viejo amigo y se le llenó la boca de palabras que no alcanzaron a salir.
Unos días más tarde, cuando César y Celina se preparaban para la fiesta de egresados, cuando se quedaron hasta el amanecer discutiendo sobre qué carrera seguir, cuando empezaron a discutir hasta el nombre de los hijos que tendrían, en esos tiempos de ligereza, unas manos tomaron la soga y le hablaron como si pudiera escuchar. O mejor aún, como si la soga hablara. Esto decían las manos:
Hablame, soga. Cómame de tus historias. Convénceme.
Y estas cosas dijo la soga:
Ocurrió, cuando había pasado mucho tiempo y muchas vidas de los hombres desde mi propia tarea desdichada, que tuve que apretar el cuello de una muchacha que ya no soportaba el aire atravesándole el cuerpo. Don Pedro de Alcázar se había embarcado para las Indias, en una nave con destino a la muy rica ciudad de Cartagena. De allí pasó a Lima, y de Lima al dominio de una encomienda que le había sido otorgada por Real Cédula del 14 de abril del año de Nuestro de Señor de mil y quinientos treinta y ocho. Hombre seco de corazón era don Pedro, poco inclinado a la piedad, pero estaba convencido de que hombres así eran los requeridos en esas tierras de dioses falsos y hostiles. Entre los indios que le pertenecían había uno, Amoalca, que imploraba en secreto a Viracocha, porque su espíritu no había sido ganado por el dios de madera que le ponían adelante todos los días. Pero no era la tozudez de sus plegarias ocultas la primera 35 posesión de Amoalca. No. Lo que lo distinguía de los demás era el señorío que ejercía sobre el amor de Anele. Oscuro como la noche era el cabello de Anele, dueña de una mirada difícil de sostener, incluso para aquellos que tenían temple. Hasta don Pedro sentía que algo se revolvía en su alma cuando la miraba. Anele no bajaba la cabeza ante el amo y parecía mostrar cierta altanería cuando había un cruce entre ambos. Durante los primeros meses, el encomendero le dio poca importancia a los ojos enardecidos de su vasalla; pero todo cambió una tarde de noviembre, cuando uno de los capataces descubrió a Amoalca elevando una rogativa a Viracocha. “Grande y poderoso dios creador”, decía el inca agradeciendo los breves alimentos que estaba por consumir. La plegaria fue interrumpida por un bastonazo en la espalda y una frase recordatoria de la demostrada ilegitimidad de Viracocha. Amoalca miró a su agresor con ira y le respondió que él reconocía sólo dos divinidades. “Una es esta que te ha costado tu lomo agrietado, ¿quién es la otra?”, quiso saber el capataz. “Los ojos de Anele”, respondió Amoalca desde la tierra. Cuando el guardián le contó a don Pedro lo ocurrido, el amo sonrió con el mal en el porvenir de su mueca y comentó: “Nuestras simples espadas, nuestros humanos arcabuces, fueron más poderosos que su primera deidad. La segunda no nos ha de llevar tantos esfuerzos”. A la mañana siguiente, los aterrados vasallos vieron el andar vacilante de Anele, que cruzaba las tierras del señor guiándose con una vara de cedro y tropezando a cada instante ante la oscura sequedad, con ojos quemados.
¿Y qué pasó después, soga? -quisieron saber las manos.
Nada. No pasó nada -respondió la soga-. Pocos meses más tarde, Amoalca se marchó a dormir junto a Viracocha, porque, en esos tiempos, los indios que más soportaban el respirar cotidiano de la encomienda apenas conseguían pasar tres otoños. Anele había huido del lugar a los pocos días de que la oscuridad la cercara; perder a sus dos dioses fue demasiado para el inca. Yo estaba allí y supe. Otras manos, como éstas que ahora me tienen, me tenían entonces. Nada. No pasó nada, repitió la soga antes de callar. Y ya no le contó nada más a las manos.